Cuando Ophelia se convierte en flor y se mece en el río.

La alegoría es uno de los recursos más utilizados en la Historia del Arte para representar ideas abstractas, universales e incluso complejos sistemas de pensamiento; de hecho esta figura fue utilizada con profusión en la Edad Media pero sobre todo en época clásica, y muy especialmente en el arte del Renacimiento y el Barroco, aunque puede rastrearse hasta la actualidad.

En el Arte las alegorías son representaciones figurativas, casi siempre personificaciones, que simbolizan valores religiosos, políticos, sociales o científicos (como el Trabajo, la Justicia, la Paz, etcétera). El medio a través del cual se interpreta el significado de una alegoría es el atributo, que puede ser una característica física, un objeto e incluso un animal; elementos que, al combinarse, configuran una imagen y un mensaje.

Algunos personajes literarios acaban convirtiéndose en alegorías, escapando de la obra que les da vida y trascendiendo en otras nuevas. Su poder de atracción es tal (tanto para otros intelectuales, creadores e incluso para el público) que recobran protagonismo en otros medios expresivos y emprenden un camino autónomo. Uno de ellos, el que hoy nos ocupa, surgió a finales del s. XVI de la pluma del escritor más célebre de la literatura inglesa: la Ophelia de Hamlet.

"Ophelia" de Henri Gervex

“Ophelia” de Henri Gervex

Ophelia es uno de los personajes femeninos centrales de esta obra, “Hamlet”, escrita por William Shakespeare y, sin embargo, su papel en la obra no es protagonista sino que es un instrumento en manos de Polonio, su padre, y Laertes, su hermano, para probar la locura de Hamlet, su amante. El personaje aparece definido como un ser dócil, delicado, angelical, puro y virginal, al que se describe como una “ninfa”[1], un atributo que estará estrechamente relacionado con las condiciones de su muerte, en las aguas, momento extremo, definitivo y clave que ha sido comúnmente denominado como mito opheliano[2].

Paradójicamente, su muerte, es el instante es el que da “vida” a Ophelia en tanto que la convierte en fuente inagotable de creación artística; por tanto la mayoría de representaciones existentes sobre el personaje le sitúan en este lugar, en el escenario de su muerte.

Resulta curioso, asimismo, evidenciar cómo un personaje femenino, minusvalorado y poco destacable en la obra originaria, ha sido el centro de una enorme producción de imágenes y se ha convertido en una fuente inagotable de inspiración.

Evidentemente en primer lugar tenemos que preguntarnos el por qué, donde encontraron la atracción aquellos que se apropiaron de su imagen con la intención de construir una alegoría. Y también, en segundo lugar, preguntarnos a qué hace referencia esta alegoría, la opheliana, y qué quiere representar.

Sin duda fueron los prerrafaelitas los que pusieron en valor a este personaje dándonos geniales ejemplos pictóricos como la obra más célebre que retrata a nuestra protagonista, “Ophelia”, realizada en 1851 por John Everett Millais.

"Ophelia" de John Everett Millais.

“Ophelia” de John Everett Millais.

Siguiendo la tesis desarrollada por Erika Bornay en “Las hijas de Lilith”[3] podemos encontrar algunas de las claves de la atracción opheliana que nos expilarán ciertas razones por las que la Hermandad Prerrafaelita trabaja con profusión en torno a esta temática. Probablemente la principal sea la constante alusión a figuras femeninas de la mitología, la religión o la literatura (como es el caso) que condensan paradigmas de femineidad en los que se intentaba remarcar la virtud en contraposición de aquellos que encarnaban a la perniciosa “femme fatale”, origen de los males del hombre y de todas sus desgracias.

El marco socio-cultural en el que surgen y se imbrican las imágenes de la mujer que se nos presentarán como fatal o, al contrario, virtuosa derivan de diferentes fenómenos e ideologías: el pecado de Eva, la oposición de la carne frente al espíritu, la doble moral victoriana, el movimiento proletario, el crecimiento de la prostitución, las enfermedades venéreas y los nuevos movimientos feministas. De todo este elenco de factores la idea de la femme fatale germinará con innegable profusión durante la segunda mitad del siglo XIX.

Como consecuencia, en un contexto donde el hipócrita puritanismo de la sociedad victoriana acaba colándose en las artes, vemos cómo los artistas abogan por un ideal de virtud y de belleza donde la mujer es retratada como un ser lánguido, sin fuerza y abandonado a los designios del hombre. Este ímpetu, como señala Bornay, se debe a un miedo creciente respecto a la mujer nueva y liberada, la prostituta o la mujer que trabaja por el empoderamiento en ese primer feminismo.

Precisamente los Prerrafaelitas mantienen una concepción casi vitalista del arte buscando en la pintura una guía para la consecución de una vida más virtuosa y más cristiana. De esto se deriva que este personaje sea una interesante fuente de inspiración no sólo para Millais, sino también para otros como John William Waterhouse, Dante Gabriel Rossetti o Arthur Hughes.

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Como hemos comprobado, Ophelia es una heroína que será reinterpretada en el siglo XIX convirtiéndose en un leit-motiv del universo prerrafaelita. Su desengaño amoroso derivado en locura y, sobre todo, su muerte, suicidándose ahogada[4], simbolizan muchas de las obsesiones del momento. Ophelia no deja de representar a la mujer que se abandona completamente a los deseos masulinos.

Ophelia, el agua, las flores y la muerte, entre otros, no dejan de ser los atributos que conforman una alegoría cuya interpretación es rica y diversa. Aunque el origen del interés por esta figura tenga un trasfondo moralizante lo cierto es que todos esos elementos, junto con los misterios de la propia obra shakesperiana, nos hablan de una integración armónica y perfecta, mediante el nexo de la muerte, de este personaje con la Naturaleza.

Esto queda claro en el texto. Así lo narra la Reina en el acto IV, escena 7: “A su alrededor se extendieron sus ropas, y, como una náyade, la sostuvieron a flote durante un breve rato. Mientras, cantaba estrofas de antiguas tonadas, como inconsciente de su propia desgracia, o como una criatura dotada por la Naturaleza para vivir en el propio elemento“.

Julia Doménech defiende esta postura en su ensayo “Femeninos prerrafaelitas, Ophelia”: <<Ophelia, al intentar colgar una guirnalda de una rama, cae, y al caer, ajena al peligro que la acecha, como si fuera una criatura nativa conformada por ese elemento, el agua, se hunde. Ophelia es, indudablemente, una náyade. Por eso no trata de salvarse, no grita, continúa cantando; porque, al fin, se encuentra en su elemento: el agua>>[5]. Y se refiere a la pintura de Millais diciendo que <<nos propone una composición en la que Ophelia se funde con el paisaje acuático y vegetal, recuperando su genuina naturaleza mítica. La naturaleza y Ophelia son las dos protagonistas de la imagen, la fusión es evidente y extraordinariamente significativa>>

Ophelia pasa a ser, a fin de cuentas, un elemento ornamental del paisaje, un atributo más, con la llegada del sosiego, una vez desparecida la violencia de la muerte. Este momento límite es el que configura una alegoría que representa una condición femínea específica, aquélla en la que el cuerpo femenino es la misma cosa que el río, el árbol o la flor.

Esta figura, tomada como alegoría de la naturaleza o como valor moralizante, ha sido utilizada también por otros movimientos como el Romanticismo (Eugène Delacroix) o el Simbolismo (Odilon Redon) en el siglo XIX, las vanguardias del Siglo XX (como la obra “Ophelia” de Salvador Dalí) y también está presente en las prácticas artísticas contemporáneas que recurren a esta figura de gran atractivo. Esa sucesión de imágenes, esa constante representación durante siglos de los mismos atributos no han hecho sino conformar un mito, una leyenda.

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Este mito, cuyo aspecto intrínseco es la alegoría y sus atributos, adquiere nuevas significaciones en el transcurso de la historia en tanto que es una entidad cambiante, transitoria. Como hemos visto en los ejemplos anteriores, la práctica artística se abastece de esos elementos como lugares de creación y de sugestión. Pueden ser revisitados y utilizados en diferentes grados de apropiación y ofrecen nuevos universos de discurso partiendo del peso de una tradición y de un pasado que les otorgan validez y legitimidad. Por esto, las diferentes prácticas artísticas aluden a ellos, por medio del recurso alegórico cargado de significación, bagaje histórico y de un trasfondo colectivo.

En estos parámetros, el ser humano se ha desplazado durante la historia de la figuración y de la creación artística, llegando a estadios más complejos en los que las formas representadas no son símbolos directos que hagan referencia explícita a algo, sino que pueden tomarse ciertos aspectos o connotaciones para representar ideas o alentar la reflexión acerca de determinados conceptos, de manera que el receptor comprenda el contenido de una manera más efectiva recurriendo a episodios del pasado, de la literatura o de la tradición.

Así pues, en el arte contemporáneo también podemos rastrear esta figura en infinidad de ocasiones. Y esto no ocurre sólo de manera explícita porque también podemos reconocer a nuestra Ophelia en obras que no la retratan de forma evidente pero que sí utilizan algunos de los atributos típicos de su representación.

El campo de la fotografía ha sido la disciplina que más ha trabajado con diferencia este tema. Un genial ejemplo es el de la norteamericana Cindy Sherman, quien en Untitled 1531 (1981) recurre a un juego visual que muestra las difusas fronteras entre lo vivo y lo muerto, lo humano y lo natural, ilustrándolo mediante una imagen femenina delicada e integrada en el medio, musgosa y abandonada, carteristas claras de la figura articuladora de este discurso.

Cindy Sherman, Untitled (1985)

Cindy Sherman, Untitled (1985)

En la pintura contemporánea nos encontramos con un gran nombre como Elly Strik quien aplica su técnica también en este campo, representando a nuestra Ophelia con toda la sutileza de su imagen.

"Ophelia" (2001-2008) de Elly Strik

“Ophelia” (2001-2008) de Elly Strik

En ilustración también tenemos interesantes ejemplos como el de Benjamin Lacombe que trabaja a este personaje desde una estética que capta el detalle y la melancolía.

"Ophelia"de Benjamin Lacombe.

“Ophelia”de Benjamin Lacombe.

Incluso hasta los nuevos medios ha llegado la creación de Shakespeare encontrándonos con ella tanto en intervención digital en fotografía así como en obras de videocreadores como Pipilotti Rist o Reynold Reynolds.

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En uanto a la performance se podría vincular a Ana Mendieta con Ophelia, aunque quizás no tanto buscando reproducir sus atributos, sino más bien recurriendo a esa alegoría femenina y a esa equidad entre el cuerpo y el medio natural.

"Siluetas" de Ana Mendieta.

“Siluetas” de Ana Mendieta.

En instalación, Susana Lenz vuelve a recurrir al elemento de la bañera, y por primera vez nombra a Hamlet, aquí convertido en personaje secundario a diferencia del texto original.

"Ophelia. Dress Rehearsal" de Susana Lenz.

“Ophelia. Dress Rehearsal” de Susana Lenz.

Y por último, por hablar de las artes que recuperan la artesanía y ponen en valor el trabajo tradicional voy a destacar dos piezas; una de Jose Ignacio Romussi Murphy y otra de Vanesa Gallardo.

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Aquí tenemos las claves para rastrear en el arte a un personaje que a pesar de haber nacido hace más de cuatrocientos años aún sigue mantenido un poder de atracción tan que nunca se verá agotado. Ophelia, que no tuvo demasiado protagonismo en la obra que le dio la vida, se ha convertido en referente, modelo y esquema narrativo para cientos de obras, llegando a ser un personaje capital y absolutamente autónomo en la Historia del Arte.

Ophelia nos muestra cómo existen personajes sencillos que parecen desencadenar discursos complejos, con una gran capacidad de adaptación a los tiempos y a sus correspondientes medios. Estas figuras flexibles, moldeables y eternas nos acompañarán durante siglos y nos hablan desde nuestra contemporaneidad de temas continuos, que no se agotarán nunca. Como el río que mece a Ophelia, que sigue su curso.

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[1]¡La hermosa Ophelia! Ninfa, en tus plegarias acuérdate de mis pecados.

Unos versos más adelante, pero en la misma escena, Hamlet vuelve a ligarla con el agua: “Si te casas, quiero darte por dote este torcedor; así seas tan casta como el hielo y tan pura como la nieve, no te librarás de la calumnia“.

[2] Este mito opheliano se configura de acuerdo a su representación continuada en la Historia del Arte y mitificación de la figura de Ophelia por parte de artistas y hermandades artísticas como los prerrafaelitas.

[3] BORNAY, E (1990): Las Hijas de Lilith, Ediciones Cátedra, Madrid.

[4] La muerte de Ofelia parece dudosa: “Sus exequias se han celebrado con toda la amplitud que el caso permitía. Su muerte fue sospechosa…” (Sacerdote, Acto V). El suicidio se apunta, aunque nunca se afirma de un modo explícito.

[5] DOMÉNECH, J (1998): “Femeninos prerrafaelitas, Ophelia”, en Nueva Revista, Núm. 55.

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BACHELARD, G (1994): El agua y los sueños, Fondo de Cultura Económica, Madrid, pág. 129.

BORNAY, E (1990): Las Hijas de Lilith, Ediciones Cátedra, Madrid.

DOMÉNECH, J (1998): “Femeninos prerrafaelitas, Ophelia”, en Nueva Revista, Núm. 55

MARTINEZ, O (2006): “Mito y Alegoría” en Cazando Mitos (blog) http://cazandomitos.blogspot.com.es/2006/06/mito-y-alegora.html

PEDRAZA, P (1996): “Las últimas ogresas: Histéricas, vampiras y muñeca”, en Historia del Arte y Mujeres (SAURET; M.T Coord.), UMA, Málaga, pags. 153 – 174.

TORRENT, M (1997): “De lolitas y otros males, en Lectora: revista de dones i textualitat, Núm. 3, UAB, Barcelona.

* La imagen en portada de este post es un trabajo fotográfico de Julia Morozova.

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